domingo, 9 de septiembre de 2012

De lo que escriben, escribo


El mal de la taiga
Cristina Rivera Garza
Tusquets editores
119 páginas


Todo libro es un viaje. El mal de la taiga es el viaje. Porque no hay viaje más importante que el que se emprende en la búsqueda de sí mismo. Del cuerpo adentro. El que funde la imaginación con la memoria. Fuera del tiempo.
(Aunque no se sepa)

La historia presenta la dificultad de no poder contarse si no se cuenta del modo en que está escrita: forma es fondo. Contar no es historiar, es construir una realidad paralela donde lo real es real y lo imaginario también es real. Es romper con las fronteras a fuerza de habitarlas. Diríase: difuminarlas de tanto expandirlas.

El mal de la taiga confronta con la inocencia de lo terrible. Nada más terrible que la condición de lo primigenio. Se despiertan los miedos, aquellos que poblaron las pesadillas infantiles, porque todo lo terrible comienza en la infancia no importa que sea un perro o una manzana, incluso un niño.
Este es quizá el mayor acierto: hacer de las figuras que acompañaron la infancia portadoras de los grandes temas de la adultez: el amor y el desamor, el sentido de la vida, el tedio (más desconcertante, incluso, que la muerte).

Un libro que evidencia el voyerismo escritor. Vivir la experiencia con –por–  el pretexto (motivación) de la escritura. Vivir para contar. Más aún. Vivir para encontrar un modo de contar que de verdad comunique. Comunicar es contar y la manera en que se cuenta.

Porque hablar de la taiga es inventar un modo para evadirse de su presencia sonora.

Con una prosa implacable en su impulso envolvente, Cristina Rivera Garza construye una novela que es una pulsión, un latido de ese universo minuciosamente construido donde el lenguaje desnudo dialoga consigo mismo a través de señales léxicas con la simple voluntad de reconocerse.

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